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Declaración de Artista

Los principales pilares de mi obra son, el lenguaje simbólico, la creación a través del inconsciente y la narración de historias, tanto de la vida real como ficticias.

 

Respecto del símbolo, me interesan su aspecto surrealista. Me refiero a la atracción, aparentemente inexplicable, que producen ciertas imágenes y lo que esto puede decir sobre nosotros mismos. Para mí, la creación artística es equivalente a jugar. Tiene que ser algo sincero y sin pretensiones, como lo haría un niño, de modo que el arte manifieste nuestro sentir más puro, por sobre el sentir que intentamos mostrar. 

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La sensación de estar dentro de un sueño, a veces nostálgica, como las que trae un olor familiar, siempre me ha inspirado a crear. Al igual que el arte, los sueños son ventanas a nuestro corazón y a nuestra mente. Nuestra mente se deja llevar y crea relatos a partir de nuestras vivencias, en un lenguaje que no es literal. Lo que ocurre en ellos se siente con la misma intensidad que la que se experimentaría en la vida real, y sus mensajes ocultos pueden ser tan reveladores como los sentimientos que surgen en el proceso creativo.

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Biografía

Suarez Beltrán (Javiera Valentina Suarez Beltrán, Santiago de Chile, 1997) es una artista visual chilena. Estudió Artes Visuales en la Universidad Finis Terrae y se formó en técnicas de pintura con el artista Raimundo Edwards.

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Desde temprana edad ha estado vinculada al dibujo y la pintura, desarrollando su obra de manera formal desde 2022. Trabaja principalmente en acuarela y óleo, y su enfoque creativo se basa en dejar hablar al inconsciente, permitiendo que las imágenes emerjan sin necesidad de una explicación racional. Utiliza metáforas visuales y crea mundos imaginarios para explorar emociones y temas universales como la muerte, el deseo, el amor, los sueños, la evolución y la naturaleza cíclica de la vida. Su imaginario simbólico está profundamente vinculado a la naturaleza.

Ha participado en el festival de artes gráficas Cohete Lunar (marzo de 2023), realizó una exposición individual en Café Livorno (abril–mayo de 2023) y formó parte de una muestra colectiva organizada por SNKARTE en el Canelo de Nos, San Bernardo (julio de 2023).

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Actualmente vive en Santiago de Chile y trabaja en una serie de pinturas inspiradas en la flora y fauna del sur del país, así como en la cosmovisión de los pueblos originarios y su relación con el entorno natural.

Experiencia

Estudios

Licenciatura en Artes Visuales, mención en Pintura, Universidad Finis Terrae, 2017 – 2022. / Inglés B2 – C1.

Especialización en Dibujo Académico, Figura Humana y Técnicas de Pintura.

Retratista en acuarela y oleo desde el año 2020.

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Ilustradora y Tatuadora independiente desde el año 2021.​

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Festival de artes gráficas Cohete Lunar, Marzo 2023.

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Exposición individual Café Livorno, Abril -Mayo 2023.

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Exposición grupal SNKARTE en Canelo de Nos, San Bernardo, Julio 2023.

"Hago, Luego Pienso, Como Los Locos."

[Fragmento de Ensayo crítico para obtención de Licenciatura en Artes Visuales, Universidad Finis Terrae.]

“En ella - la infancia-, la carencia de cualquier rigor conocido le otorga la perspectiva de vivir varias vidas simultáneas; se arraiga en esta ilusión y sólo quiere saber de la facilidad instantánea y extrema de todas las cosas. Cada mañana los niños parten sin preocupación. Todo está cerca, las peores condiciones materiales resultan maravillosas. (…) Cuando, con el andar del tiempo, el hombre — que nota la pérdida progresiva de todas las razones de vivir y la incapacidad en que se encuentra ya de colocarse a la altura de cualquier situación excepcional, el amor por ejemplo —, quiera intentar una reacción, ya no podrá tener éxito. Pertenecerá en adelante, en cuerpo y alma, a una imperiosa necesidad práctica que no admite postergaciones. Faltará a sus gestos amplitud, y a sus ideas, envergadura. De todo lo que le ocurra o pueda, ocurrirle, sólo tomará en cuenta lo que relacione este acontecimiento con una multitud de acontecimientos análogos en los que no ha tomado parte: acontecimientos fallidos.” (Breton, 1924, pág. 20)

 

Si algo caracteriza a los surrealistas, es su sentimiento de nostalgia, ya sea la nostalgia que viene de vivencias pasadas o incluso, de otras realidades no experimentadas, sentimientos de origen misterioso. El modo en que añoran realidades más “puras” y sentimientos más profundos siempre me ha inspirado. Finalizando el capítulo anterior mencioné lo particularmente agobiante y distópica que es la percepción que tenemos del mundo en la contemporaneidad. El cambio climático es cada vez más notorio y cualquier intento por hacer un cambio parece fallido o insuficiente. El capitalismo banaliza el valor de la vida, tanto animal (esto incluye al ser humano) como de los recursos naturales, reduciéndonos a meros productos y consumidores. El fin del mundo parece cercano, pero este no llegará de un día para otro liberándonos de esta lenta agonía, sí no que se acercará lentamente, de forma casi imperceptible, mientras cada uno de nosotros busca el modo de sobreponernos a esta realidad, como por ejemplo la evasión, o por el contrario, la confrontación. A continuación, analizaré como los surrealistas hacen ambas cosas a la vez, el modo en que se expresan a través de la mente inconsciente para crear, y la relación que tiene esto con la mente de los “locos”, de los niños y de los artistas, entre otras características de este movimiento que me han influenciado a lo largo de mi auto descubrimiento artístico, esto basándome en Manifiesto Surrealista de André Bretón y en La Interpretación de los Sueños de Sigmund Freud.

“Automatismo psíquico puro por cuyo medio se intenta expresar tanto verbalmente como por escrito o de cualquier otro modo, el funcionamiento real del pensamiento. Dictado del pensamiento, con exclusión de todo control ejercido por la razón y al margen de cualquier preocupación estética o moral.” (Breton, 2001, pág. 44).

 

Es fácil relacionar el contexto en que se fundó este movimiento con nuestro contexto actual, y al mismo tiempo, explicar porque yo y otros artistas contemporáneos (que mencionaré más adelante) pueden llegar a identificarse con el surrealismo. Hablando del origen de este movimiento, tras cursar sus estudios en medicina, André Breton comenzó a trabajar en hospitales psiquiátricos durante la primera guerra mundial. Esto produciría un trauma en él y definiría su visión del mundo. Durante este periodo estudiaría las obras de Sigmund Freud, en las cuales se basaría más adelante para formular la teoría surrealista. Breton tenía una perspectiva pesimista de la realidad, pero también de aceptación a esta adversidad. Sin embargo se contradecía, ya que identificaba un enemigo común por así decirlo, causante de los males de la sociedad. Esta era la racionalidad. Tras presenciar los estragos que producía la guerra en la psique humana, y concluir que la razón (en este caso el progreso científico) fue la que nos ha conducido a semejantes horrores y sin sentidos, el decide abogar por los conocimientos que la irracionalidad tiene para aportar a la existencia humana.

Aquel periodo de entreguerras y la postmodernidad comparten ciertas características en común. En el presente, al igual que varios periodos de la historia, existe desesperanza y desilusión respecto a la naturaleza humana y a casi cualquier forma de estado o de ismos, por ejemplo el capitalismo. Al igual que los surrealistas con la racionalidad (sin mencionar a todas las demás vanguardias del siglo XX), hoy en día buscamos un enemigo común, al cual atribuimos los males de nuestra sociedad. Ellos estaban tan seguros como nosotros de que la solución se encontraba en vencer a este enemigo, y depositaban sus esperanzas en ello (a propósito de esto, André Breton realizaría más delante un segundo manifiesto surrealista, en el cual se adhería al comunismo). Probablemente en ambos casos se tenía algo de razón, o tal vez este mecanismo que tenemos para enfrentar la vida es lo que nos impulsa a avanzar. Tal vez es lo que nos mantiene cohesionados, lo que representa la esperanza de una comunidad (sin embargo en la postmodernidad, los discursos más frágiles, son cambiantes, a causa de la globalización. Vivimos en una realidad líquida. Pero ese es un tema en el que no profundizaré, ya que en teoría es difícil definir el presente, debido a la falta de perspectiva histórica, y en vista de que nuestra realidad es sumamente confusa, y además teniendo en cuenta que existen teóricos que afirman que no existe la postmodernidad, que actualmente seguimos en la modernidad). También, al igual que en el surrealismo, en el presente existe un sentimiento profundo de nostalgia y de idealización por otras épocas, por la infancia y por otras realidades, como una necesidad de distracción, de huir de la propia realidad, o como válvula de escape para los sueños, para la creatividad o para la esperanza.

 

No existe una sola manera de enfrentar la realidad, o en mi caso particular, de enfrentar la práctica artística, la cual habla precisamente de mi realidad, de mi manera de ver el mundo. Personalmente, me siento identificada con el sentimiento surrealista porque me considero una persona evitativa, enfocada en mi mudo interno, entregada a fantasear para pasar los tiempos muertos, a soñar más que a cumplir sueños, a vivir con cierto temor al mundo. Estas son características que no me han sido particularmente útiles en la vida, a excepción de en el arte. Presumo, con temor a la soberbia, que mi carácter me ha ayudado a desarrollar en demasía mi imaginación, así como una necesidad de expresar mis sentimientos e ideas de forma creativa, ya que suelo sentir temor a mostrarlos a los demás abiertamente.

 

Esto me lleva directamente al modo en que los artistas surrealistas se expresan y buscan verdades a través de la irracionalidad, o bien, de la mente inconsciente. Me refiero al recurso del símbolo. En su libro, La Teoría de los Sueños, Sigmund Freud plantea el lenguaje simbólico como la forma en que la mente procesa pensamientos no deseados, pensamientos que la mente inconsciente conoce pero que el consiente ignora. Según esta teoría, el inconsciente siempre se expresa, no solo dentro de los sueños, sino también en toda acción en la que haya cabida  a la expresión, como nuestra forma de hablar, nuestros gestos, nuestros gustos, etc., pero que el sueño es el modo predilecto en que la mente revela lo que sentimos. Freud, explica, “El sueño es la realización disfrazada de un deseo reprimido”, en referencia a aquellos sueños displacientes, es decir, que representan deseos incómodos, y que por tal razón se manifiestan de formas enigmáticas, en un lenguaje simbólico, los cuales requieren de una interpretación para ser entendidos, a diferencia de aquellos sueños que representan deseos no reprimido, los cuales según él, representarán nuestros deseos de forma literal. Freud lo explica así;

 

“(…) Creo asimismo que tampoco podrá ya nadie considerar como una casualidad el hecho de que en la interpretación de estos sueños lleguemos siempre a temas de los que no hablamos sino a disgusto o en los que nos es desagradable pensar. (…) Este sentimiento de displacer, que retorna en el sueño, no excluye, sin embargo, la persistencia de un deseo. (…) Por otra parte, creemos justificado enlazar el carácter displaciente de todos estos sueños al hecho de la deformación onírica y deducir que si se muestran deformados y aparece en ellos disfrazada la realización de deseos hasta resultar irreconocible, es precisamente porque existe una repugnancia o una intención represora orientadas contra el tema del sueño o contra el deseo que de él emana.” (Freud, 1923, p. 106).

 

Los símbolos y metáforas son recursos que se han utilizado para comunicar desde que la humanidad tiene la capacidad de utilizar el pensamiento abstracto. Es un lenguaje no literal, comúnmente atribuido a la poesía y al arte. Resulta fascinante como, además de ser un recurso utilizado intencionalmente, es también la forma en que nuestra mente se comunica con nosotros mismos, según esta teoría. Freud, a partir de estos planteamientos, usa la interpretación de los sueños como forma de terapia, de acceder al conocimiento que esconde las profundidades de la mente. Y a su vez, los surrealistas utilizan los mismos métodos para hacer arte. Ejercicios como la representación de los propios sueños en la pintura, la creación de imágenes de forma espontánea, la escritura automática (escribir de forma continua lo primero que venga a la mente sin reflexionar), fueron prácticas comunes dentro de esta corriente artística, y que yo misma he practicado tanto de forma intencional, ya habiendo estudiado el surrealismo, como de forma espontánea, con lo cual he podido enriquecer mi práctica artística  y dotar de un discurso más profundo a mi obra.

Francamente, encuentro difícil no trasmitir elementos autobiográficos en la obra propia de forma espontánea. Cuando me enfrento a un lienzo en blanco por ejemplo, la diferencia que existe entre la nada, y un mundo en el que yo pongo absolutamente todas las reglas, me parece un contexto ideal para la expresión. Ahora bien, este panorama puede resultar va veces intimidante y a veces recreativo. Esto me lleva a recordad la razón por la que llegué al surrealismo en primer lugar. En algún momento, como todo artista, tuve que enfrentarme a bloqueos creativos. Hubo una época particularmente dura en la cual no deseaba hacer nada, algo muy frustrante cuando todo lo que debía hacer era “hacer lo que yo quisiera”. Ya no encontraba satisfacción en aquello que siempre me la había atraído. Aquel medio a través del cual podía huir a otra realidad se había convertido en mi realidad, en aquello que se convertiría supuestamente en el sostén de mi vida. Me sentía asustada y triste. 

 

Pero, como desistir de todo no era una opción para mí, me dispuse enfrentar lo que me ocurría. Quería saber por qué antes me gustaba pintar y ahora no. Primero, y antes de conocer el surrealismo, me dispuse a pintar y no a pensar, a crear por placer y dejar para después el buscar cualquier justificación o explicación que validaran mi trabajo, y no al revés, como había intentado hacer antes. Lo que hice terminó siendo mucho más honesto, más expresivo y más revelador que mis trabajos anteriores, y tenían la misma esencia que los dibujos que hacia cuando era niña. Llegué a conclusiones que ahora parecen obvias, pero si, se me había olvidado que todo lo que estaba haciendo era porque yo quería hacerlo, que de eso se trataba todo, y que me estaba perdiendo la oportunidad de hacerlo por miedo a cosas que no existían. Pero sobre todo, recordé lo maravillosa que es la libertad, y recordé como se sentía no tener miedo. Todo lo que caracterizo este proceso de salir de mi bloqueo creativo, me llevó inevitablemente al surrealismo. Lo que hice fue básicamente dejar que halara mi inconsciente, crear desde el deseo, desde la libertad, pero sobre todo, desde la recreación, y esto desembocó en la revelación de sentimientos muy profundos.

 

También, ya habiendo estudiado esta corriente artística, pude identificarme en gran medida con su idealización de la infancia, y de la forma en que piensan y perciben el mundo los niños. Lo miedos, los traumas, el desuso de la creatividad y la privación de la recreación son cosas que ocurren a medida que crecemos, y que al ser artista, me siento en la necesidad de proteger mi capacidad de fascinarme con las cosas, de no bloquearme, no solo para poder dedicarme a lo que elegí dedicarme, sino que también por mi propia felicidad.

 

Así mismo, me he llegado a identificar particularmente con el interés por lo onírico, y la nostalgia que caracteriza la sensación de estar en un sueño. Como plantea Breton en la cita que introduce este capítulo, durante la infancia los sentimientos y la vida en general se sienten más intensos. Ciertos estímulos, como por ejemplo un olor o una canción, son capaces de traen de vuelta por un instante estos sentimientos intensos, intactos, igual que un chispazo, etéreo, imposible de retener. Este fenómeno se siente particularmente mágico, ya que la infancia es un periodo en que nuestra memoria no está completamente formada, por lo que frecuentemente, cuando nos vienen de golpe estos sentimientos, no sabemos muy bien de que recuerdo provienen, o bien, vuelve a nuestra mente un recuerdo que permanecía olvidado. Llamo este tipo de sentimientos “oníricos”, porque la única forma de experimentarlos, además de los estímulos, es en los sueños, o al menos, así lo experimento yo. El mundo de los sueños se siente diferente, similar a como se sentía la viada durante la niñez, y eso es algo que me fascina, como si la mente fuera un a puerta a un mundo inmenso y misterioso. Es amargo darse cuenta de que como la vida ofrece cada vez menos experiencias nuevas. Esto es algo muy nostálgico, melancólico, pero que personalmente disfruto mucho. El perseguir  un sentimiento tan fugaz, tan desaparecido, tan idealizado, me parece bello, a la manera de los héroes románticos. Aún que tratar de replicarlos o de encontrarlos a través de crear una obra de arte suele ser una tarea fallida, siempre se le acerca un poco. Me gusta el hecho de que sea una búsqueda sin fin, ya que convierte a los sueños en una fuente infinita de inspiración. Este tipo de sentimientos me evocan fantasía, aventura, emoción, felicidad, paz.

 

(…) ¿Por qué no otorgaré al sueño lo que rehúso a veces a la realidad, es decir, ese valor de certidumbre en sí misma, que, en su oportunidad, no esté expuesto a mi repudio? ¿Por qué no he de esperar del indicio del sueño más de lo que espero de un grado de conciencia cada día más elevado? ¿No podría aplicarse también el sueño a la solución de los problemas fundamentales de la vida? ¿Se trataría de idénticos problemas en uno y otro caso? ¿Ya estarían planteados esos problemas en el sueño? ¿Está el sueño menos abrumado de sanciones que todo lo restante? (Breton, 1924, p. 29)

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